Don Benjamín - por Daniel Urresti

2017-03-12 12:03:48

Tribuna
Libre
 

"De alguna manera Don Benjamín representó para mí, en varias oportunidades, el papel de padre y siento en el alma nunca habérselo dicho. A lo largo de mi carrera pudimos conversar en varias oportunidades y sé que él se sentía orgulloso."


El recuerdo mas lejano que tengo de Don Benjamín es verlo pasar frente a mi casa montado en una bicicleta negra, vestido con su uniforme militar. Es un recuerdo muy borroso, por lo que imagino que yo no tendría mas de 7 años. Él vivía en una de las esquinas de la cuadra y tenía una familia muy agradable. Su esposa es contemporánea y amiga de mi mamá.

Don Benjamín había nacido en alguna parte de la selva, era muy tranquilo e irradiaba felicidad. Pepe, su hijo mayor, me llevaba unos cuantos años y Roger era de mi edad. Por esas cosas que tienen los barrios, yo frecuentaba, como punto de reunión de los amigos, la esquina contraria a donde quedaba su casa. 

Es por eso que no llegamos a compartir algunas amistades entrañables; sin embargo, recuerdo claramente que desde pequeño hubo muchas oportunidades en que estuve jugando en su casa. Siempre me trataron muy bien y por algún motivo me mostraban el amor que puedes sentir por un sobrino o primo cercano. Me hacían sentir muy bien. 

Esas visitas me gustaban, pero también me llenaban de nostalgia y tristeza a veces. Podía ser testigo de cómo era un hogar completo, donde Don Benjamín era la columna y viga bajo la cual se cobijaban todos sus hijos sin mostrar mayores preocupaciones. Definitivamente, él era un padre amoroso y en su relativa pobreza no escatimaba esfuerzos para proteger y hacer progresar a su familia. Muchas veces soñaba despierto y me imaginaba que mi padre se curaba y que se hacía cargo del hogar y, lo más importante, que era tan bueno como Don Benjamín.

Años después entendería que él era un suboficial del Ejército, de la especialidad de trasmisiones, y trabajaba en el Fuerte Rímac. José también siguió ese camino.

Transcurría el mes de Enero de 1974, yo seguía trabajando en construcción, pero había decidido estudiar de noche en un instituto del centro de Lima, algo que todos decían que iba a ser el boom del futuro: computación y programación.

Había salido ya del trabajo y bajé en el paradero de siempre. Cuando llegué a la esquina encontré conversando en la puerta de su casa a Don Benjamín y Pepe.

Hola- me saludaron al unísono- ¿recién llegando de la chamba?

Sí y con hambre – contesté.

Iba a seguir caminando cuando le escuché decir: Daniel estás desperdiciando tu vida. ¡Deberías estar en la universidad!

Di la vuelta con algo de rabia. ¿Acaso no conocían mi situación? ¿Quién me iba a dar para los gastos en la universidad así sea nacional?

A mí también me gustaría y en el futuro ser ingeniero electrónico, pero eso no es posible y ya lo tengo claro – le contesté.

Daniel, si te gusta la electrónica, tal vez te interese ingresar al ejército. Yo soy del arma de trasmisiones y soy operador, pero también hay mecánicos que aprenden electrónica para poder reparar los equipos. Luego, vino una larga conversación donde me hacían ver que como alumno inclusive recibiría una propina, tendría cama, comida y educación gratis.

Me decidí enseguida. ¿Qué hay que hacer? Pregunté.

Lo que no me contaron en esa conversación fue la parte de la férrea disciplina, el esfuerzo y castigos físicos, los servicios, las pocas horas de sueño, las marchas de campaña. En resumen, lo durísimo que era la vida militar. 

Pepe me dijo, yo puedo ser tu tutor y voy a conseguir el prospecto para reunir los documentos que se requieran para que postules.

En los siguientes días renuncié a mi trabajo en construcción y recibí mi liquidación. Tramité todos los documentos que solicitaban para la inscripción y me compré un terno. Roger, el hijo menor de don Benjamín, también decidió postular y estábamos llenos de entusiasmo hasta el momento en que Pepe me preguntó, ¿sabes nadar? En ese momento nos percatamos de que una de las pruebas físicas era natación. Nadar 50 metros para ser exactos. ¿Sabía nadar? No estaba seguro. En Huancabamba, donde nací y donde pasé todas mis vacaciones escolares, saber nadar era cruzar el río en los recodos donde se formaban pequeñas lagunas, pero ¿eso serviría en una piscina?

Escribo este artículo en honor a Don Benjamín. Ese hombre que solo era sonrisas, que nunca perdía la calma, que sabía infundirte seguridad, que era inmensamente feliz con lo poco o mucho que tenia y que no permitió que esto se convierta en obstáculo para nuestro futuro. 

Tienen un mes para aprender a nadar, a partir de mañana nos vamos a practicar a la piscina municipal, de 4 a las 6 de la mañana y de allí nomas me voy al trabajo.

La piscina quedaba entre La Victoria y Barrios Altos, cerca al Hospital Dos de Mayo. El primer día salimos al paradero a las 3:30 am y a las 4:00 am estábamos pagando nuestro ticket de ingreso para descubrir o convencerme de que no sabía nadar. Don Benjamín nos sorprendió. Nadaba como un pez. Lo aprendió de niño en la selva. 

En ese mes aprendimos a nadar por lo menos para aprobar los 50 metros solicitados. Logré ingresar en el puesto 11 a la Escuela de Trasmisiones del Ejército y Roger lo logró un año después. 

Bastó una semana en filas para darme cuenta de que había encontrado mi verdadera vocación. Amaba el ejército.

De alguna manera Don Benjamín representó para mí, en varias oportunidades, el papel de padre y siento en el alma nunca habérselo dicho. A lo largo de mi carrera pudimos conversar en varias oportunidades y sé que él se sentía orgulloso. Falleció hace unos años y el único lugar donde puede estar es en el cielo. Pepe, su hijo mayor, heredó la mayoría de sus cualidades y somos grandes amigos.

Lo que aquí cuento, sé que es común para miles y miles de hombres y mujeres que por diferentes motivos encontraron una figura paterna en un abuelo, en un padrino o en algún conocido que desinteresadamente y tal vez sin darse cuenta influyeron positivamente en su vida. Es justo que estas personas vivan por siempre en nuestros recuerdos.


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