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Si bien la gran mayoría de nuestros congresistas deja mucho que desear con su desempeño, en lugar de resignarnos a vivir con ello deberíamos buscar maneras de mejorar la labor del Poder Legislativo. Y esa es una función que un Senado bien diseñado podría cumplir.

Los peruanos no tenemos una buena opinión sobre los congresistas. Las encuestas son bastante claras: más del 80% de los peruanos no confía en el Congreso. Para muchos, los congresistas son personas que llegan a la política con el objetivo de satisfacer sus intereses particulares. Por eso es que cuando se propone volver a la bicameralidad esta propuesta genera el rechazo de buena parte de los peruanos. Lo que se cree es que con la creación de una segunda cámara (esta vez de senadores) lo único que se logrará será aumentar el número de vividores del Estado. 

Aunque es entendible el rechazo que genera la bicameralidad debido a nuestra lamentable experiencia parlamentaria, lo cierto es que un Senado podría ayudar a reducir los aspectos negativos de nuestro Congreso. Un Senado, al fin y al cabo, es una cámara que busca servir como instancia de reflexión. Esto quiere decir que se volvería a discutir, días después, los proyectos legislativos aprobados por lo que sería la cámara de diputados. Lo que se busca con esto es que los proyectos se discutan cuando se reduzca la polarización política, que se discutan una segunda vez por personas con más experiencia y darle más tiempo a la opinión pública para manifestarse sobre los mismos.

Un ejemplo podría ayudarnos a evaluar la utilidad del senado. Cuando en el 87 Alan García propuso la estatización de la banca, la cámara de diputados que existía en ese momento aprobó en solo un día la nefasta propuesta del gobierno aprista. Sin embargo, esta no entró en vigencia inmediatamente porque los senadores debían volver a discutirla. Aunque la cámara de senadores terminó aprobando la propuesta, demoraron seis meses en discutirla, lo que dio tiempo para que se genere el debate público que condujo a manifestaciones de rechazo y, por último, al fracaso del proyecto.

Ahora bien, para que la cámara de senadores cumpla correctamente su función, debería tener una conformación y funciones distintas a las de la cámara de diputados. Algunos han propuesto, por ejemplo, que los senadores y diputados sean elegidos en momentos distintos para que el balance de las fuerzas políticas sea distinto y estas se vean obligadas a buscar acuerdos de largo plazo. Con ello se evitaría el excesivo poder que las mayorías pueden llegar a tener en el unicameralismo.

Si bien la gran mayoría de nuestros congresistas deja mucho que desear con su desempeño, en lugar de resignarnos a vivir con ello deberíamos buscar maneras de mejorar la labor del Poder Legislativo. Y esa es una función que un Senado bien diseñado podría cumplir. No se trata de simplemente aumentar el número de congresistas, sino de establecer mayores contrapesos e instancias para que no perjudiquen tanto a los peruanos: por eso es que necesitamos volver al bicameralismo.