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"Lima, horrible preciosura, hermoso espanto, eres ciudad de rumores y callejuelas. Eres pueblo de edificios y autopistas."

La gente que ha tenido la inmensa suerte de salir de su ciudad natal y de conocer otros lugares de este planeta le dirá que algunas ciudades le gustaron más que otras. Lo que uno aprende es que cada ciudad tiene una personalidad propia, un humor particular y un trato único para cada persona que la visita. Conocer una ciudad es como conocer una persona: uno nunca termina de hacerlo. Y así, como las personas, algunas ciudades nos pueden caer bien o mal, sin importar la talla, el color u otros factores. 

Por ejemplo, mientras que París me parece una ciudad enigmática y misteriosa, Londres me parece vacía y distante. Madrid es campechana y Nueva York, altiva. Lisboa es romántica y Buenos Aires, sexy. 

¿Y qué hay de Lima? ¿Qué hay de nuestra Lima, a veces llamada «la gris», a veces llamada «la horrible», pero a veces también llamada «la bella»? ¿Cuál es la personalidad de la Ciudad de los Reyes? Nuestra Lima tiene personalidad, sin lugar a dudas. En realidad, lo que tiene son múltiples personalidades entrelazadas entre ellas.

Por un lado, está la Lima sencilla, y no lo digo como algo malo. Al contrario, la connotación es positiva. Me refiero a la Lima de la gente que se mira a sí misma, que vive el momento presente, que va al cine, que pasea a pie por calles y malecones, que disfruta de los pequeños momentos. La vemos todos los días en edificaciones tradicionales y en huequitos donde se come como los dioses, pero también en grandes edificios y lujosos restaurantes. Por otro lado, está la Lima moralista, la que mira al de al lado, como con cierta inexplicable sed e incontinencia verbal, que busca encasillar a los demás en dogmas de antaño y escrúpulos decimonónicos. La vemos en autobuses y entre escaparates de tiendas, pero también en camionetas todoterreno y al pie de mostradores. Y como esas, hay muchas más Limas: la antipática, la bonachona, la creída, la acogedora, la insoportable, la apaciguadora, la que todos quieren olvidar, y también la que todos quieren recordar. Todas esas facetas hacen de Lima un exacerbado caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, un sinfín de caras, una diferente para cada persona que la vea y una diferente en cada momento que uno lo haga.  

Todas las Limas están presentes en nuestra Lima, y es que en todas partes se cuecen habas. Nuestro grisáceo estilo a veces contrasta con nuestra colorida intención, y vice-versa. Somos la ciudad de todos los matices. Más de una vez, me ha pasado que alguien que haya visitado nuestra ciudad me diga «Lima… bueno… no me encanta». Es complicado amar nuestra ciudad. ¿Pero qué amor que de verdad valga la pena no es complicado? Algunos dicen que el amor se define por el hecho de que a pesar de los defectos que uno le ve a una persona, se le ama incondicionalmente. Pues bien, creo que podemos plantearnos esa reflexión con respecto a nuestra ciudad. Lima, horrible preciosura, hermoso espanto, eres ciudad de rumores y callejuelas. Eres pueblo de edificios y autopistas. Y aunque a veces te creas gran metrópolis, en realidad sigues teniendo la actitud de una pequeña aldea. A buen entendedor…