Elige que categorias deseas ver
"En cuestiones de moral sexual, al no reconocer los avances de las ciencias biológicas y psicológicas, la Iglesia se ha pegado un tiro en el pie y ha perdido relevancia y autoridad moral".

En diciembre del año pasado, Albrecht Freiherr von Boeselager, Gran Canciller de la Orden de Malta, fue destituido por el Gran Maestre Matthew Festing gracias a una maniobra del Cardenal Patrono de la Orden, el estadounidense Raymond Burke, a quien recientemente se le ha designado como el Donald Trump de la Iglesia Católica por su defensa de posiciones conservadoras y de extrema derecha, que le han llevado a oponerse frontalmente al Papa Francisco. Una de las acusaciones que se le hizo a von Boeselager fue la de haber permitido el reparto de condones entre mujeres en condición de esclavitud sexual en Myanmar (antigua Birmania), para evitar que contraigan el SIDA.

Hemos de suponer que el cardenal Burke pretende que esas mujeres en situación de cautividad y extrema miseria deban ceñirse a lo que propugna la moral católica actual, a saber, que está prohibido usar condones en el acto sexual, el cual supuestamente debe ser siempre una puerta abierta a la vida. Aunque en este caso puede convertirse para ellas en una puerta abierta de par en par a la muerte, pues dudamos de que la Orden de Malta cuente con recursos suficientes para costear los medicamentos necesarios que evitarían el deceso de esas mujeres en caso de que se infecten con el VIH. Otra circunstancia más en que a un eclesiástico conservador no le importa que mueran personas inocentes de carne y hueso con tal de mantener incólume la doctrina.

Lo peor del caso es que no se trata de una doctrina infalible e incuestionable que se sustente en las enseñanzas del Jesús de los Evangelios ni en la tradición de la Iglesia. La enseñanza católica sobre los condones se remonta a lo que el Papa Pablo VI declaró en 1968 en su cuestionada encíclica “Humanae vitae”: «queda [...] excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación». Es así que la prohibición de los condones para los católicos tiene apenas 48 años en vigencia.

En el momento de la promulgación de la encíclica, no todos estaban de acuerdo con el Papa. Una comisión convocada por el anterior Papa Juan XXIII para estudiar el crecimiento poblacional y la regulación de la natalidad —en funciones de 1963 a 1966— había llegado a la conclusión de que no había nada de inmoral en los métodos anticonceptivos artificiales. A la misma conclusión llegó una comisión de obispos establecida por el mismo Pablo VI, la cual recomendó dejar a la conciencia de los esposos los métodos para regular la natalidad. Diez años después, sólo el 29% del clero estaba de acuerdo con que los métodos anticonceptivos artificiales eran inmorales y preferían no hablar de este tema con los fieles.

Lamentablemente, no primó el sentido común y aunque el mismo Pablo VI reconoció que no todos los “actos conyugales” eran fecundos, decidió por cuenta propia promulgar una norma que les ha causado más de un quebradero de cabeza a los católicos que quieren vivir plenamente su sexualidad. Además, al vincular excesivamente el acto sexual con la fecundidad de acuerdo a una interpretación estrecha de la biología humana, dejó en la sombra que la sexualidad se enraíza antes que nada en nuestro deseo de amar y ser amados, de sentir el calor humano de alguien a quien respetamos en su libertad, de compartir el placer y la alegría de una pasión que nos lleva al éxtasis y a la belleza.

Por el contrario, no hay nada de digno en una sexualidad centrada exclusivamente en la procreación, como la que practicaron los soldados nazis con mujeres de la Noruega ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, sólo con el fin de engendrar hijos de raza aria para mayor gloria del Führer. Ni tampoco en las violaciones masivas de mujeres 

realizadas por la soldadesca soviética en su avance final contra la Alemania de Hitler. Con toda seguridad, no aplicaron ningún método para evitar la concepción, lo cual al final se tradujo en una generación traumada de posguerra, donde a cientos de miles de niños alemanes no les se preguntaba quién era su progenitor.

Lo cierto es que la gran mayoría de los católicos de a pie se han zurrado, con justa razón, en una normativa que condenaba como inmoral algo que ellos en conciencia no veían como tal y han seguido usando condones a la vez que seguían con sus prácticas religiosas, en caso de ser creyentes fervorosos. Esto se ha visto reflejado hace no mucho tiempo en una encuesta que el Papa Francisco envió a las diócesis para ser contestadas por los fieles antes de la realización del Sínodo de Familia del año 2015.

En cuestiones de moral sexual, al no reconocer los avances de las ciencias biológicas y psicológicas, la Iglesia se ha pegado un tiro en el pie y ha perdido relevancia y autoridad moral. Lo que repiten muchos curas y obispos desde sus púlpitos y torres de marfil sobre esta materia no suele tener llegada entre los fieles, más aún cuando quien habla no se presenta como alguien que tenga experiencia sexual, y si la tiene, despide el mal olor de la clandestinidad o bordea el delito y la violación de los derechos humanos de menores de edad.

Ciertamente, han habido atisbos de sensatez, como cuando en 2010 el Papa Benedicto XVI admitió en su libro-entrevista “Luz del mundo” que era legítimamente moral que personas en condiciones de promiscuidad sexual utilicen el condón para evitar contraer o contagiar el VIH. Aunque, por cierto, no faltó el cargamontón de los conservadores que se apresuraron a dar explicaciones enrevesadas y bizantinas de qué es lo que realmente había querido decir el Papa. Para todos estaba claro; sólo para ellos no. 

O el hecho de que el Papa Francisco haya recibido afectuosamente a personas homosexuales o transgénero. En otros tiempos, eso hubiera sido impensable, así como las siguientes palabras tomadas de su exhortación apostolica “Amoris laetitia”: «El más sano erotismo, si bien está unido a una búsqueda de placer, supone la admiración, y por eso puede humanizar los impulsos. Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos. Siendo una pasión sublimada por un amor que admira la dignidad del otro, llega a ser una “plena y limpísima afirmación amorosa”, que nos muestra de qué maravillas es capaz el corazón humano y así, por un momento, “se siente que la existencia humana ha sido un éxito”».

Sin embargo, aún no se ha producido un viraje revolucionario y la cúpula eclesial sigue estando lejos de la actitud del difunto cardenal jesuita Carlo Maria Martini —tachado alguna vez de “hereje” por ACI Prensa y otras escorias conservadoras—, quien dejó dicho lo siguiente en su libro-entrevista “Coloquios nocturnos en Jerusalén” (2008): «Estoy firmemente convencido de que la conducción de la Iglesia puede mostrar un camino mejor del que logró mostrar la encíclica “Humanae vitae”. La Iglesia recuperará con ello credibilidad y competencia. […] En los temas en que se trata de la vida y el amor no podemos esperar de ninguna manera tanto tiempo. Es un signo de grandeza y de seguridad en sí mismo que alguien pueda admitir sus faltas y la estrechez de su visión de antaño».

Visto el desempeño de la Iglesia Católica en las últimas décadas, tengo pocas esperanzas de que ello ocurra. Lo digo yo que soy católico, que también fui miembro casado del Sodalicio de Vida Cristiana y compartí durante mucho tiempo su visión estrecha y opresiva de la sexualidad humana —con Figari diciéndonos a los sodálites casados que debíamos tener la mayor cantidad de hijos posibles—, que tengo sólo dos hijos, que nunca he usado  

un condón, que disfruto de una vida sexual sana sin miedos y sin tapujos —aun cuando sea más serena y con menos sobresaltos que en mis años mozos— y que tampoco me considero quién para juzgar la vida sexual de nadie.

Pues lo que vale es lo que decía San Agustín en el siglo IV: «Ama y haz lo quieras».