La recomposición de la crisma después del Sodalicio - por Martin Scheuch
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FUENTE: ACI Prensa

2016-11-27 09:02:20

Martin
Scheuch
 

El sistema de pensamiento y disciplina sodálite, prístino y puro en su fachada católica pero enfermizo en su aproximación a la naturaleza humana, ha logrado desequilibrar vidas enteras y hundirlas en un infierno de angustia y culpabilidad.


El título no es mío. Ha sido tomado del libro La recomposición de la crisma (Guía para sobrevivir a los grandes ideales) [Thémata, Sevilla 2007], que escribiera un ex miembro del Opus Dei en España bajo el seudónimo de Satur Sangüesa, relatando en clave humorística su paso por la Obra. Y lo que describe guarda más de una semejanza con la experiencia de quienes pasaron por el Sodalicio. Sólo que una vez apagada la risa, cuando uno ya se ha librado del condicionamiento mental a que fue sometido, se revelan las heridas y cicatrices de un paisaje interior devastado donde, mal que bien, uno se descubre como un sobreviviente. Como tantos que han transitado en algún momento de su vida por el Sodalicio. Algunos más afortunados, albergando aún la esperanza en un rincón de su alma; otros, en cambio, habiendo perdido todo, incluso la fe en la humanidad. 

Pero lo que tienen en común quienes han logrado dejar atrás las penurias pasadas es que, en un momento dado, se dan cuenta de que tienen por delante la titánica tarea de reconstruir sus existencias e integrarse en el mundo del común de los mortales, del cual fueron arrebatados psíquica y mentalmente a temprana edad.

Y ese proceso requiere muchas veces pagar un alto tributo. Pues el sistema de pensamiento y disciplina sodálite, prístino y puro en su fachada católica pero enfermizo en su aproximación a la naturaleza humana, ha logrado desequilibrar vidas enteras y hundirlas en un infierno de angustia y culpabilidad. Indudablemente, la falta de naturalidad hacia las pulsiones más normales de la psique humana suele generar un equilibrio frágil, donde el ascenso a las cumbres de una espiritualidad exigente y elevada termina con frecuencia en una caída a los abismos más tenebrosos de la existencia.

Eso es lo que habría ocurrido con Germán Doig, de quien oí decir durante mi primera época en comunidades sodálites que había alcanzado un grado tan alto de pureza, que ya no tenía ni sueños húmedos ni poluciones nocturnas —estado que yo mismo experimenté durante un breve período—. Eso es lo que habría ocurrido con quienes acabaron cometiendo delitos inconfesables que dañaron biografías enteras. Eso es lo que podría estar ocurriendo con tantos sodálites que aún siguen atrapados en las garras de la institución. Y eso es en parte lo que me ocurrió a mí, aunque lo mío se circunscribió a los límites de lo poco que aún había podido conservar de mi esfera privada.

Ya he contado en otra ocasión cómo me vi acechado por obsesiones sexuales que venían esporádicamente y ponían en zozobra el estilo de vida célibe al cual trataba de aferrarme como si fuera mi tabla de salvación, cuando en realidad era el puñal que se hundía en mi carne y me estaba matando de a pocos.

Y eso sólo fue el preámbulo de lo que vendría después.

Una vez que me dirigía hacia esa curiosa iglesia de estilo indefinido que existe en Magdalena del Mar con una enorme cúpula de color turquesa, a fin de confesarme, me llamó la atención un pedazo de papel roto atrapado en un arbusto seco en medio de un jardín polvoriento con hierbas secas, un jardín pequeño como otros muchos que en esas calles ocupaban el lugar entre la vereda y la calzada para los automóviles. Cogí el pedazo de papel para examinarlo. Era la foto de un acto sexual explícito, en blanco y negro, arrancada de una revista pornográfica barata, de esas que se vendían en los '80 en los kioskos de Lima. Ni qué decir, fue como si una ventolera hubiera barrido como por ensalmo todos mis deseos de santidad. No fui a confesarme y regresé a la comunidad para consumar en solitario el pecado. ¿Qué era aquello que anulaba mi voluntad y convertía un impulso en irresistible? No lo sé, más aun cuando después de salir de comunidad ese mismo impulso perdería fuerza y se iría haciendo más manejable, no teniendo la urgente violencia de entonces.

Recuerdo todavía la angustia que me generó ese primer tropiezo con la imagen pornográfica y cómo, un día después, crucé con miedo aterrador la Av. Brasil en el momento en que iba a confesarme, temiendo con angustia que me atropellara un carro y terminará condenado en el infierno por haber muerto en estado de pecado mortal.

El asunto se fue complicando con el paso del tiempo, pues cuando después de días y semanas de tranquilidad se desataba otra vez el temporal, terminaba por comprar yo mismo la revista, que metía en la casa escondida en mi ropa y que tras consumar el hecho, eliminaba cortando en pedacitos que pasaba por el inodoro o quemaba en el techo o en algún parque solitario. Siempre tuve la esperanza de que estos incidentes fueran sólo pasajeros y que al final mi sincera opción por la santidad y por el estilo de vida que había elegido terminaran por apagar toda tentación y llevarme otra vez al estado de gracia física que ya alguna vez había experimentado. Lo que entonces no sospechaba era que ese mismo estilo de vida que se guardaba en la comunidad podía haber sido el caldo de cultivo del problema que estaba viviendo. Y lo que hubo podido ser meramente un tropiezo de juventud, que la mayoría de las personas dejan atrás a medida que maduran, creció subjetivamente a dimensiones de tragedia.

A lo de las revistas se sumó posteriormente las escapadas a cines de mala muerte con olor a ranciedad, donde se exhibían filmes pornográficos hechos de retazos de celuloide procedentes de varios rollos de películas distintas, llenos de rayones, puntos negros, manchas, en una pantalla vieja con restos de humedad y mal iluminada por el ruidoso proyector. Allí conocí en carne propia el anonimato de los hombres que no quieren ser reconocidos, vuelven el rostro cuando las luces del local se encienden y apuran el paso al salir de la sala, a fin de regresar a la vida normal luego de haber hecho un turbio paréntesis en sus existencias. Y luego la vida sigue igual, como si nada hubiera pasado. Pero la procesión va por dentro.

Todo esto, sin embargo, fue acompañado de un efecto colateral que podría considerar como positivo. Como constaté que podía darme escapadas a cines sin ser descubierto, aproveché esta circunstancia para ir a ver películas artísticas, que normalmente no tenían lugar en la comunidad.

Y eso me llevaría finalmente a una experiencia cinematográfica que gatillaría en mí una reflexión liberadora. Sería para mí un punto de quiebre. Pues —hay que decirlo— el debilitamiento de las rejas interiores que a uno le son construidas en la psique por el Sodalicio suele iniciarse con alguna experiencia clave, muchas veces relacionada con una disciplina artística, como puede ser el cine, la literatura o la música. O muchas a través del encuentro con alguna persona diferente de acentuada calidad humana.

En mi caso, el detonante fue la película Terciopelo azul (1986) de David Lynch, la cual, a través de una trama de policial noir, describe la vida entre dos mundos de su joven personaje —un mundo donde todo es luz e inocencia, y otro mundo donde se dan encuentro las peores pesadillas—. Queriendo mantener ambas dimensiones de su vida separadas, al final terminan mezclándose en la realidad, y con el doloroso sinceramiento viene la redención. En particular, son impresionantes las imágenes iniciales en un típico pueblo del countryside nortemericano, mostrando un mundo idílico, inocente, casi perfecto. La cámara se aproxima a un jardín donde un anciano riega las flores. Cuando éste sufre un accidente casero y cae desvanecido, la cámara lo sigue en su caída para luego hacer un zoom hacia la hierba de un verde saturado lleno de vida y mostrar finalmente un mundo subterráneo pululante de hormigas agresivas y oscuros presagios, subyacente a la feliz realidad ideal que hemos visto antes. La película está cargada de escenas tan intensas, algunas de rebuscada perversidad psicológica, que ocasionó que algunos espectadores se salieran del cine antes de terminar la función. Aun así, esta obra maestra de David Lynch caló tan hondo en mi conciencia, que no pude resistirme a verla posteriormente una segunda vez.

Sin embargo, yo continué viviendo falsariamente entre dos mundos, alimentando aún la ilusión de poder alcanzar la santidad mientras me debatía con mis fantasmas interiores, a la vez que dejaba mensajes crípticos y simbólicos en varias de las canciones que componía, abrigando la esperanza de que alguien entendiera esos mensajes y me ayudara a salir del pozo en que me sentía hundido.

Lo que realmente me faltaba era regresar a la vida, aquélla en la que se desenvuelven las historias cotidianas de los seres humanos comunes y corrientes. Pero el proceso de recomposición de la crisma ya se había iniciado y seguiría paulatinamente su curso, alimentado en años posteriores por más películas —varias de Woody Allen, El ciudadano Kane de Orson Welles, La strada y el Casanova de Federico Fellini, Érase una vez en América de Sergio Leone, El último tango en París de Bernardo Bertolucci— y lecturas varias, entre las que destaco las novelas y ensayos de Ernesto Sabato.

Me tomaría más de una década recobrar mi identidad perdida, desarmar las piezas de un rompecabezas mal armado, volver a armarlo con sustancia verdadera y respirar profundamente como alguien que logró sobrevivir a los efectos venenosos del gran ideal sodálite.


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