Carta abierta a un contratado del Sodalicio - por Martin Scheuch
Ian Elliott
FUENTE: Sodalicio

2016-11-13 17:06:15

Martin
Scheuch
 

A Ian Elliott, consultor especialista en abusos contratado por el Sodalicio para atender a las víctimas.


Estimado Ian:

He decidido escribirte de manera abierta y pública, debido a que hasta ahora no he recibido respuesta al e-mail que te envié el 10 de noviembre respondiendo a tu desafortunado e-mail del 9 de noviembre.

En realidad, todo comenzó el 1° de mayo de este año, cuando cansado de esperar a que el Sodalicio se comunicara conmigo no obstante las promesas de atender personalmente a cada una de las víctimas —entre las cuáles me cuento yo como el caso N.º 6 según la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación—, decidí tomar la iniciativa y comunicarme con Rafael Ísmodes, uno de los pocos sodálites que, por su calidad humana y su falta de doblez, me ha inspirado siempre confianza. Ísmodes me remitió a José Ambrozic, con quien también llegué a hablar en un par de oportunidades. Fue Ambrozic quien me sugirió que hablara contigo vía Skype, cosa que se concretó el 8 de julio.

Después de haber expuesto partes de mi historia y aclarado mis opiniones sobre el Sodalicio y sobre lo que está pasando con la institución, me agradeciste amablemente por la conversación, prometiéndome que ibas a ocuparte de mi caso. La verdad es que me despreocupé del asunto, sabiendo que de parte del Sodalicio poco o nada se podía esperar.

Sin embargo, el día 2 de octubre me comunicaste que no te habías olvidado de mí y que estabas viendo mi caso; y el 3 de octubre me informaste que ibas a viajar a Alemania para entrevistarte con algunas víctimas y que podíamos fijar una fecha para tener una conversación personal. Ésta se realizó efectivamente el 28 de octubre en horas de la mañana en una elegante suite doble en el Grand Westin Frankfurt Hotel —que cuesta normalmente 520 euros la noche, costo asumido en su totalidad por el Sodalicio a fin de que tú pudieras cumplir con la noble misión de atender a las víctimas—.

Reconozco que fuiste muy amable y correcto. Lo cual me hizo desconfiar, pues de acuerdo a mi experiencia, un exceso de amabilidad suele ir acompañado proporcionalmente de falta de sinceridad y transparencia. Y no faltaron indicios que me confirmaron esta sospecha. Como cuando comenzaste a hablarme maravillas del actual Consejo Superior del Sodalicio. Ciertamente, estoy de acuerdo contigo en que sus miembros son muy amables y bienintencionados. Pero no es eso lo que está en cuestión, sino más bien si están en capacidad de comprender dónde radica el problema del Sodalicio y, en consecuencia, si pueden tomar las decisiones correctas para darle solución. Te dije claramente que no conozco a ningún sodálite cuya captación y reclutamiento interior no se haya iniciado en la adolescencia, en la gran mayoría de los casos antes de alcanzar la mayoría de edad. Con personas ya adultas nunca ha funcionado. Y que el hecho de haber crecido en un coto ideológico protegido les hace muy difícil comprender la realidad más allá de las anteojeras ideológicas que les han colocado desde temprana edad en sus mentes.

Más sorprendido quedé cuando me dijiste que para el actual Consejo Superior los problemas ya eran cosa del pasado y que el Sodalicio actual no era el mismo que el de antes. ¿De un pasado que se remonta hacia atrás recién a partir de octubre de 2015, cuando estalló el escándalo? Respuesta afirmativa. ¿En un año el Sodalicio ha dejado de ser el que yo conocí? ¿De veras has sido tan ingenuo como para tragarte ese rollo?

¿Y cómo iba el asunto de las reparaciones? Me dijiste que el Sodalicio había determinado un monto para ser repartido entre todas las víctimas. Te pregunté si te habían mostrado los documentos contables que muestran a cuánto a asciende su patrimonio actual para ver cuánto podían ofrecer realmente y hacer la recomendación que como profesional te correspondía hacer. No, no te las habían mostrado ni tampoco las pediste. Te bastó con que te dijeran cuál era el monto destinado a reparaciones, las cuales iban a ser asignadas de acuerdo a la gravedad del delito cometido, sin considerar los daños y perjuicios sufridos. Es decir, a alguien al que avasallaron sexualmente pero sólo estuvo vinculado un año le correspondería una indemnización elevada, mientras que a otro que sacrificó veinte años de su vida en el Sodalicio, experimentando continuos abusos psicológicos pero sin haber sufrido nunca abuso sexual, le correspondería una indemnización bastante más reducida, si es que no ninguna.

En tu obsesión por presentar las cosas de manera positiva, quisiste resaltar la bondad de los miembros del Consejo Superior, que estaban ofreciendo estas reparaciones voluntariamente sin estar obligados a ellas por ninguna ley. Como un favor merecedor de gratitud y una señal de buena voluntad. Y que el monto iba a ser algo superior a lo que podría ofrecer la justicia peruana, en el caso hipotético de que se ganara un juicio.

Lamento decirte que no puedo compartir esta opinión. Un favor es algo que hace alguien gratuitamente en beneficio de otro, sin que el primero le deba nada al segundo. Y eso no se cumple en el caso del Sodalicio, el cual tiene una deuda moral con todas las víctimas dañadas por miembros de la institución y su sistema. ¿Cómo puedes considerar como un favor lo que incluso la moral cristiana considera como un deber de conciencia, tal como se señala en las siguientes citas del Catecismo de la Iglesia Católica?


1459: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. 

2487: Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.

¿Me has querido dar a entender que las víctimas deberían estar agradecidas al Sodalicio por realizar algo que en realidad constituye una obligación moral a ser cumplida por los sodálites, más aún cuando se jactan de seguir las exigencias del Evangelio —y la ética que de ellas se desprende— hasta sus últimas consecuencias? ¿Que no haya una obligación legal —lo cual significa que las víctimas estarían jurídicamente inermes— implica que el cumplimiento de una grave obligación moral deba ser recibido con gratitud sumisa, más aún cuando me has dado a entender que si la víctima no considera justo el monto ofrecido, el Sodalicio le da el ultimátum de «tómalo o déjalo» y se desentiende del asunto, escudándose en la “ingratitud” de la víctima?

Por otra parte, determinar el monto de las reparaciones sobre la base de lo que se ofrecería en el sistema judicial peruano —que es deficitario, corrupto y con frecuencia favorece la impunidad— me parece miserable. El Sodalicio siempre presumió de querer cambiar el mundo y revertir las injusticias que en él se cometen. Ahora resulta que si el sistema judicial peruano permite una injusticia, entonces el Sodalicio se acomoda a la situación en la medida en que lo favorezca económicamente, y allí se acabaron sus deseos de luchar por un mundo mejor. ¿No te parece que las reparaciones deberían fijarse más bien sobre la base de criterios objetivos de justicia, teniendo en cuenta los daños y perjuicios ocasionados a las víctimas?

Éstas son reflexiones que podrían ayudar a otros, pues en mi caso el “comité de reparaciones” del Sodalicio ha decidido que yo no tengo derecho a una reparación, como me comunicaste en tu “amable” e-mail del 9 de noviembre, bajo el argumento de que puedo recibir un tratamiento psicológico gratuito bajo el sistema de salud alemán y, por lo tanto, el Sodalicio no cree que deba darme una ayuda en ese sentido. 

La atención psicológica es uno de los puntos que me haría acreedor a una justa indemnización. Pero no es el único punto. ¿Qué hay del secuestro de los mejores años de mi juventud, que desperdicié siguiendo una ilusión fanática con una mente manipulada y habiendo perdido mi capacidad de decidir libremente con conocimiento de causa? ¿Qué hay de los daños infligidos a los lazos familiares, sobre todo a la relación con mi madre?¿Qué hay del continuo sentimiento de culpa que primero me fomentaron en las comunidades sodálites y luego me acompañó durante décadas por haber abandonado la vida comunitaria y que se tradujo también en sentimientos de inferioridad? ¿Qué hay de la marginación progresiva de que fui objeto en ambientes de la Familia Sodálite? ¿Qué hay de la errada orientación vocacional realizada por sodálites no profesionales, que finalmente me llevó a estudiar teología, una carrera que no me sirvió posteriormente para obtener un trabajo decentemente remunerado que me permitiera mantener a mi familia? ¿Qué hay de la falta absoluta de cotizaciones para un fondo de jubilación, que me asegurara una vejez digna? ¿Qué hay de los rumores difamatorios que miembros del Sodalicio echaron a correr para tirarse abajo mi reputación, tachándome de loco, desquiciado, anti-católico, amargado y vengativo? ¿No sabes que recientemente me encontré aquí en Alemania con un ex-sodálite a quien yo no conocía, cuyo padre —a quien tampoco conozco y que también estuvo vinculado a la Familia Sodálite— le había preguntado si yo padecía del síndrome de Asperger? Es sólo un ejemplo para que veas hasta dónde llegaron las calumnias. Sin contar con que también afectaron las relaciones al interior de mi actual núcleo familiar. ¿Cómo puede el Sodalicio reparar todo este daño o devolverme las cosas valiosas de la vida que perdí o que nunca pude vivir?

Te pongo a continuación las recomendaciones que hizo la Comisión de Ética para la Justicia y la Reconciliación en mi caso:

1. Reconocimiento por parte del Superior General de su condición de víctima y pedido de disculpas por escrito. 

2. Devolución a la víctima de toda su información personal, particularmente la relativa a sus evaluaciones psicológicas.

3. Informar por escrito a todas aquellas personas —sea que se encuentren dentro o fuera del SCV— del hecho que hubiesen sido evaluadas psicológicamente por personas no profesionales, pidiéndoles las disculpas del caso y devolviéndoles los documentos pertinentes.

4. Otorgarle una compensación económica que indemnice los años de pertenencia al SCV, ante el inadecuado discernimiento vocacional sufrido.

5. Otorgarle la reparación económica proporcional al daño sufrido, comprendiendo la afectación moral y material de la víctima.

6. Otorgarle la compensación económica que le permita acceder a un tratamiento médico psiquiátrico y/o psicológico integral por el tiempo que los profesionales médicos determinen.

7. Realizar las investigaciones necesarias al interior del SCV, en relación a los actos denunciados. Asimismo, que el SCV imponga a los responsables las sanciones correspondientes.

De las siete recomendaciones, hasta ahora el Sodalicio sólo ha cumplido parcialmente la número 2, y eso fue antes de que la Comisión emitiera cualquier informe, pues yo mismo decidí solicitar el 14 de diciembre de 2015 mi documentación al Superior General del Sodalicio Alessandro Moroni. Recibí una serie de escritos manuscritos elaborados por mí, la mayoría anteriores a 1981 y unos cuantos posteriores a esa fecha, pero las evaluaciones psicológicas que se me tomaron así como los informes de rutina sobre mí elaborados por superiores y consejeros espirituales habían desaparecido como por ensalmo. Según Moroni, no había nada más. ¿Nada más, considerando que viví más de once años en comunidades sodálites? Cuesta creerlo. ¿En qué momento desaparecieron esos documentos, si es que no fueron destruidos? 

A la vista de los hechos, lamento mucho, estimado Ian, que en mi caso —y probablemente en varios casos más— hayas contribuido a que el Sodalicio no cumpla con su obligación moral de reparar —aunque sea simbólicamente— las heridas causadas, y se ignoren las recomendaciones hechas por una Comisión que trabajó de manera imparcial e independiente. Sin recibir ninguna remuneración, a diferencia de cualquier contratado, que se debe a quien le paga. 

Un cordial saludo 

Martin Scheuch 



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