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"Pero hay otra semejanza mucho más reveladora con otro personaje de la ficción cinematográfica. A Figari le gustaba que le llamaran 'Don'. Como al Padrino de la mafia. Y así como el sucesor del patriarca Vito Corleone —el Michael Corleone interpretado por Al Pacino— también anudó contactos con altos prelados de la jerarquía católica, así Don Luis Fernando Figari parece sentirse tranquilo gracias a su red de influencias en la alta jerarquía vaticana".

Cuenta el diario El Comercio, en su edición del día lunes 24 de octubre, que Luis Fernando Figari ha recibido, en su retiro romano, en diferentes momentos, visita de tres renombrados personajes de la Iglesia Católica: los cardenales James Francis Stafford y Francisco Javier Errázuriz, así como el fundador de la Comunidad de San Egidio, el laico Andrea Riccardi.

Si bien la noticia ha pasado ligeramente desapercibida, ello no ha impedido que me causara un retortijón estomacal y que tuviera pesadillas en la noche. Pues las implicaciones que conllevan estas visitas “amistosas” son de terror. Sobre todo cuando las ilustres eminencias se han referido a Figari como a “un viejo amigo”.

Veamos los detalles.

El cardenal Stafford fue Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos desde agosto de 1996 hasta octubre de 2003. En abril del 1996, Germán Doig había sido designado miembro de este dicasterio romano por un período quinquenal. Tras su muerte, y todavía durante la gestión de Stafford, Figari fue nombrado consultor del dicasterio mencionado en el año 2002, cargo que —hasta donde se sabe— aún ostenta.

Además, este cardenal norteamericano celebró en marzo del 2001 una misa en la iglesia de Santa Maria in Monticelli (Roma) con ocasión de haber transcurrido un mes desde la muerte de Doig, donde pronunció unas palabras clarividentes, aunque tal vez no en el sentido que él pretendiera: «Ser amigo de Germán significaba vivir constantemente maravillado. Hay muchas evidencias que apoyan este continuo desprendimiento de sí. Una persona de tal temple está llena de sorpresas». ¡Y vaya qué sorpresas! Que lo digan quienes lo conocieron en su faceta más perversa y oscura.

Asimismo, pronunció otras palabras a tener en cuenta, que sólo acrecientan el misterio sobre las circunstancias en que murió Doig: «¿Por qué se extinguió tan rápidamente? Todos se hacen la pregunta. No creo que Germán la hubiera planteado. No es poco razonable pensar que él no se habría visto sorprendido. Sabía que su padre había muerto casi a la misma edad que él había alcanzado. Habló a sus más cercanos de la posibilidad de no vivir más que su padre. Por ello, se dio cuenta de que tenía mucho que realizar en corto tiempo».

Anteriormente, de 1986 a 1996, Stafford había sido arzobispo de Denver (EE.UU.). El contacto con representantes del Sodalicio ya se había establecido desde entonces, probablemente a partir de la Jornada Mundial de la Juventud de 1993, que se realizó precisamente en Denver. Stafford sería invitado por el Sodalicio a participar en octubre de 1995 en el V Congreso Internacional de Nueva Evangelización rumbo al Tercer Milenio, efectuado en la arquidiócesis de Lima, el quinto de una serie de congresos internacionales sobre la reconciliación en el pensamiento de Juan Pablo II que el Sodalicio organizó entre las décadas de los ‘80 y los ‘90 para proyectarse internacionalmente y terminar de anudar contactos con personalidades importantes de la jerarquía eclesiástica.

El sucesor de Stafford en la silla episcopal de Denver —Mons. Charles J. Chaput, otro obispo de pensamiento conservador y reaccionario— le abriría oficialmente la puerta a los sodálites en el año 2003, permitiéndoles fundar una comunidad en su circunscripción eclesiástica.

Pasando al cardenal Francisco Javier Errázuriz, fue este, cuando era arzobispo de Santiago de Chile, quien “invitó” en el año 1999 a los sodálites a poner pie en tierras chilenas. Es necesario aclarar que “invitar” es en realidad un eufemismo utilizado en recuentos oficiales del Sodalicio, a fin de evitar tener que contar los entresijos de la historia anterior a cualquier “invitación” de este tipo —formada por un cúmulo de contactos, relaciones e influencias, que solían culminar con un encuentro personal entre Figari y el prelado que “invitaba”—. Mediante el uso de este término se busca dar la impresión de que la iniciativa fue del prelado y no del Sodalicio con su agresiva estrategia de expansión internacional.

Errázuriz tiene también en su bagaje haber ignorado olímpicamente las denuncias por abusos contra el P. Fernando Karadima presentadas por José Murillo, la ex-esposa de James Hamilton y el mismo Hamilton en los años 2003, 2004 y 2005 respectivamente, además de haberle restado credibilidad en un inicio a las denuncias presentadas en abril de 2010 por Juan Carlos Cruz, Fernando Batlle y otra vez por James Hamilton. Su inacción al respecto y el hecho de seguir cultivando su amistad con el P. Karadima, otro “viejo amigo”, lo han hecho justamente merecedor del calificativo de “encubridor”. Con estos antecedentes, es probable que abogue por Figari, más aún cuando —como cuenta El Comercio— respondió, aludiendo al dicho popular que dice que del árbol caído hacen todos leña, que “es más cristiano ayudar al árbol a que se levante”. Y para mayor preocupación, también forma parte del G8, el consejo de cardenales que asesora al Papa Francisco en el gobierno de la Iglesia. 

Otros miembros del G8 que también deben conocer personalmente de cerca a Figari son el cardenal norteamericano Sean O’Mallley —invitado a participar en enero 1987 del III Congreso Internacional sobre Liberación, Reconciliación y Solidaridad, efectuado en la diócesis de Tacna (Perú)— y el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Madariaga —participante del IV Congreso Internacional sobre Reconciliación en Tiempos de Pobreza y Violencia, realizado en 1989 en la diócesis de El Callao (Perú)—. En el marco de estos eventos organizados y financiados por el Sodalicio era de precepto que tuvieran un encuentro personal con el idolatrado fundador de la institución.

No sólo el Cardenal Errázuriz parecería tener rabo de paja. También lo tendría el mismo Papa Francisco, pues siendo Arzobispo de Buenos Aires, en el año 2005 “invitó” al Sodalicio a iniciar actividades en suelo argentino. Y quién sabe si ambos, tanto Errázuriz como Bergoglio, hicieron caso omiso de críticas o quejas que pudieron haber llegado a sus oídos. En las circunstancias actuales, cualquier medida drástica contra el Sodalicio se podría volver en su contra, pues ellos recibieron a la institución con los brazos abiertos y le prestaron su apoyo incondicional. No se sabe que la hayan criticado nunca. En todo caso, reconocer abiertamente todos los delitos que se le imputan no sólo a Figari sino a la institución misma terminaría por afectar de paso sus reputaciones y podría estallarles en la cara. Por cómplices o por haber sido tan ingenuos de no examinar al detalle las prácticas sodálites y no darse cuenta de los graves vicios de un sistema con características sectarias. Por el momento, mientras más se prolongue el silencio que guardan sobre este tema, más dañada se verá su reputación a los ojos de quienes han experimentado en carne propia el aguijón de la disciplina sodálite o han tenido la honestidad de darle crédito a los testimonios de las víctimas.

Finalmente, el italiano Andrea Riccardi —quien se ha manifestado extrañamente preocupado por la salud de Figari— es una personalidad que presenta varias similitudes con el fundador del Sodalicio. Él también es un laico, fundador de un movimiento laical —la Comunidad de San Egidio—, cuyos miembros se comprometen, siguiendo las enseñanzas del Evangelio, a trabajar por la paz y combatir la pobreza. No obstante tener una reputación intachable y habiendo obtenido Riccardi varios galardones internacionales por su compromiso efectivo a favor de la paz en regiones con conflictos bélicos, tampoco han faltado críticas de uno que otro ex-miembro, denunciando la idealización idolátrica que hay del fundador y la obligación de guiarse en lo doctrinal únicamente por sus palabras, la práctica de una obediencia absoluta que coarta la libertad, la obligación de confesar los detalles más íntimos de la vida personal a los padres o madres espirituales, el rompimiento de los lazos familiares y la sustitución de la familia carnal por la comunidad egidiana, el reclutamiento de menores de edad escenificando un ambiente de afecto y manipulando sus sentimientos, la imposibilidad práctica de determinar uno mismo la carrera profesional que uno va a estudiar, la satanización de aquellos que abandonan la comunidad como paganos que van hacia la perdición —con consecuencias personales como vergüenza, depresión, sufrimientos e incluso pensamientos suicidas—, etcétera. Las coincidencias con el Sodalicio de Figari —una institución que ha buscado proyectar una imagen de sí misma pura, prístina y sin fisuras— saltan a la vista.

Pero hay otra semejanza mucho más reveladora con otro personaje de la ficción cinematográfica. A Figari le gustaba que le llamaran “Don”. Como al Padrino de la mafia. Y así como el sucesor del patriarca Vito Corleone —el Michael Corleone interpretado por Al Pacino— también anudó contactos con altos prelados de la jerarquía católica, así Don Luis Fernando Figari parece sentirse tranquilo gracias a su red de influencias en la alta jerarquía vaticana. Y probablemente termine muriendo, como Michael, en la más absoluta soledad. Aunque lo que muchos esperamos es que se haga justicia antes de que eso ocurra.