En la selva quieren a Keiko, por Antonella Chichizola
Cárcel de Tarapoto
FUENTE: Antonella Chichizola

2016-01-27 16:36:00

Antonella Chichizola 

"-Ni se podía cruzar el río, casi. Con tanto muerto qué turismo iba a haber-."


-Cuatrocientos cadáveres flotando en el Huallaga- la mirada de Julio atravesó la tierra. Las gotas de sudor que se entornaban en sus poros hacían que el gesto de su boca pareciera más de cansancio que de dolor. Pero algo áspero se ocultaba detrás de su voz y su (casi) permanente sonrisa. Julio no estaba contando una de esas leyendas que les cuentan los abuelos a los niños en la selva. Él lo había visto con sus propios ojos cuando tenía diecisiete. El río que cruzábamos había sido -el cementerio más grande del Perú- hace poco más de dos décadas.

Esa mañana, Julio había llegado a las 10 a recogernos del hotel. Su pinta hacía juego con su sentido del humor. Era moreno y vestía de blanco. Afuera el calor se pegaba a la piel. Llovía por ratos, pero intensamente. -A ésta lluvia hombre le dicen -dijo Julio como cantando cuando la furgoneta en la que viajábamos atravesó la Marginal de la Selva –la que llueve menos, pero todo el día jode, lluvia mujer, dicen que es -. Julio se la pasó todo el camino hablando de Tarapoto, contando historias sobre la selva y también recordando algunas épocas duras para la región.

La furgoneta que nos transportaba de pronto salió de la pista y se estacionó al borde del camino. Estábamos en medio de la nada - o quizás en medio del todo-. La caminata que nos esperaba atravesaba un cerro lleno de vegetación y marabuntas - esas hormigas gigantes que si te pican te da fiebre por 48 horas y un intenso dolor que ningún fármaco detiene. Yo, que había olvidado mis zapatos, caminé la hora y media cuesta arriba mirando al suelo hasta que llegamos a las cataratas.

Mamá le preguntó entonces a Julio si el turismo en la zona estaba creciendo. –Claro – respondió, asintiendo con un júbilo que se apagó abruptamente. - Lo que pasa es que en los años 70’s, 80’s ha habido mucho...bueno, todavía hay, ¿no?, pero muy poco, ya por las zonas de más adentro de la selva, lo que es Sendero Luminoso- y comienza a contarnos sobre la etapa más oscura de nuestra historia nacional como si no viviésemos en el mismo país -aunque Sendero no estaba tanto acá. Acá lo que había era otro grupo, señora, lo que se llamó el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru-.

- El MRTA - le dije y me miró algo sorprendido, demostrando empatía. - Esactamente. Pero bueno, en esa época los cadáveres de los muertos... toditos llegaban por el Huallaga. Los que mataban Sendero también porque el río los traía desde arriba-. En ese momento el camino se angostó y tuvimos que caminar uno detrás del otro para no caer por el precipicio. Un insecto se había parado en la espalda de Julio, pero las palabras pesaban demasiado como para advertirle. - Ni se podía cruzar el río, casi. Con tanto muerto qué turismo iba a haber-.

Yo aún no conseguía salir de la impresión de lo que acababa de contarme. Miraba a mi alrededor y pensaba en el Perú marginal, ese que existe sólo cuando aúlla tanto que sus ladridos llegan a Lima y se hacen ahorcar en un poste. -Ahora ya no hay eso nada-, continuó Julio recuperando la sonrisa -Lo que pasa es que el Chino Fujimori los sacó a todos. Antes te mataban a alguien todos los días-.

Lo que siguió fue la primera, y en realidad la única, loa a Fujimori que ha logrado conmoverme. Julio contó que la sustitución de las plantaciones de coca por las de café y cacao salvaron a muchos de sus amigos -Era muy fácil que la gente se metiera en el negocio de las drogas. Sacos de dinero… Felizmente en un momento todos esos billetes dejaban de tener valor al día siguiente… también por eso varios del narcotráfico se salían, ¿no?-.

-Y ahora del chino su hija también está que quiere ser presidente…- nos contó. En el horizonte, el sol se ponía bajo una selva que copulaba con su propio cuerpo sin llegar nunca a tocarse. - Keiko…- pude por fin articular -¡Ajá! Ahí está, Keiko. Y bueno, a ella la quieren mucho por acá, ¿sabes?-.

Luego de dos años en la PUCP y algún tiempo en periodismo, confieso que siempre me resultó complejo comprender el voto fujimorista. Corrupción, destrucción de las instituciones, violaciones a los Derechos Humanos… Tengo razón al decir que esos años de gobierno fujimorista caen como una mordida de marabunta a todos los peruanos. Pero también tengo suficiente pudor para reconocer tanto dolor que dejó de ser.


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